Como cada mañana desde hacía dos años, al despertar, se dejó llevar por la pereza. Deambuló un rato por la casa, ensimismado, y luego, como cada mañana, se conectó a la red dispuesto a recibir la dosis de información necesaria para mantenerse al día… y la suficiente para ratificar su condición de inadaptado. A continuación tocaba limpieza doméstica, lo que significaba meter la ropa sucia en la palangana, vaciar el enorme cenicero y apilar los posavasos de razas caninas que su ex mujer había tenido a bien dejarle como único recuerdo. La ley del mínimo esfuerzo ganaba terreno a pasos agigantados. Los efluvios a guisote que ascendían por el patio de luces le avisaron de que en la taberna “La mina” remataban el menú, pero dudó entre bajar a comer o abrirse un par de latas en casa.
Cuidado Jaime. Dentro de una semana te caen cincuenta y dos, te han prejubilado, estás más solo que la una y te estás volviendo antisocial: riesgo de implosión elevado.
Estaba dando cuenta del cocido completo cuando el abuelo de la barba blanca y el bastón con empuñadura de plata, en el que tantas veces se había fijado, entró en el atestado comedor. Normalmente no hubiera ofrecido a nadie compartir su mesa, tan celoso como era últimamente de su intimidad, pero algo le impulsó a hacerlo ahora. Se llamaba Antonio, era capitán de corbeta, y hacía ya demasiado tiempo que no se hacía a la mar. Para cuando llegaron a los cafés ya sabía que había tenido cuatro hijos; que el mayor, el único que siguió la vocación del padre, se había estrellado con su helicóptero en unas maniobras navales frente a Cartagena y nunca encontraron su cuerpo; que los otros tres casi nunca tenían tiempo para verle; que había enviudado, vuelto a casarse y se había divorciado, y que ahora le tiraba los tejos a una señora estupenda a la que una vez al mes invitaba a merendar en la rotonda del Palace. Se notaba que estaba necesitado de conversación porque cuando Jaime se levantó de la mesa le espetó: “¿Pero qué prisa tienes? ¡Tómate otro café, hombre, que la tarde es muy larga!” pero Jaime puso un pretexto y se despidieron.
Como cada tarde, y después de la cabezada de rigor en el sofá, se dedicó a soñar despierto. La red le permitía elegir el destino, el hotel, el medio de transporte, puede que incluso la compañía si, como pensaba a menudo, reuniera el valor necesario para trabajarse alguna dirección del tipo “siemprehayunrotoparaundescosido.com”. Pero no, todavía notaba el regusto amargo del desencanto en el que le había sumido su divorcio. No es que no entendiera a las mujeres, es que ya no quería entenderlas. Además, ¿a quién le iba interesar un parado de larga duración con una pensión mínima y una casa vieja y desvencijada como todo patrimonio? Pero en ese momento se acordó del viejo marino y sonrió por primera vez en mucho tiempo. “¡Qué tío! – pensó – a punto de cumplir los noventa y todavía con ganas de ligar.”
Como cada noche cenó frugalmente, y después de releer dos capítulos de una de las novelas de su colección de ciencia ficción – una de las pocas cosas de su vida de las que se sentía orgulloso – cerró todo a cal y canto, se tomó un somnífero y se metió en la cama. Y así, arropado por la más absoluta oscuridad, deseó disolverse en la nada como un azucarillo.
Segundo aviso Jaime. Vives de momentos efímeros en un mundo virtual y no paras de flagelarte con lo pudo haber sido y no fue. No mires más hacia atrás o te convertirás en estatua de sal en menos que canta un gallo.
A partir de aquel día ya nunca comió solo. Antonio tenía mucho que contar de sus años de servicio a bordo de un dragaminas destinado en Guinea, de su vuelta al mundo en el buque escuela Juan Sebastián Elcano, de sus fugaces amores de ultramar nunca olvidados. Era un seductor y lo sabía. Desplegaba una energía vital envidiable y no paraba de aderezar la conversación con jugosas anécdotas que hacían sentir a Jaime el contraste de aquella dilatada vida con la suya, de burócrata gris y amortizado por el sistema.
Ahora la casa se le caía encima y muchas tardes, después de acompañar a Antonio hasta su portal, paseaba sin rumbo fijo observando el ajetreo callejero que le había sido tan ajeno últimamente, con sus prisas por llegar al cine o por apurar el horario comercial, con sus bares llenos de oficinistas que hacían religión de la hora feliz previa a la cena. Fue en uno de esos paseos que entró en una librería. Había allí una mesa llena de libros de temática militar y llamó su atención uno titulado “Los últimos destructores españoles: la clase Oquendo”. No se lo pensó dos veces, era un regalo perfecto para el capitán.
Se lo entregó al día siguiente en “la mina”. Antonio agradeció efusivamente el detalle e invitó a Jaime a su casa para mostrarle su colección de maquetas navales. Y allí, entre aquellas paredes llenas de cuadernos de bitácora, nudos marineros y medallas enmarcadas, en un ambiente de franca camaradería, Jaime le confesó al viejo marino todas sus frustraciones. Los dos estaban muy solos en este mundo y se congratularon de la confianza mutua que demostraba su amistad.
Al cabo de unos días, fieles a su cita en la taberna, Antonio le entregó a Jaime el libro que este le había regalado y le rogó que se lo dedicara. “no lo hagas ahora – le dijo-, llévatelo y échale un vistazo, he señalado un buen montón de inexactitudes, la clase Oquendo fue un desastre, esos barcos nunca llegaron a navegar bien.”
Esa tarde, al abrir el libro en su casa dispuesto a escribir su dedicatoria, vio el sobre entre sus páginas. Además de las notas de correcciones al texto, Antonio le había dejado un recorte de una noticia del periódico, una fotografía y unas líneas en una elegante tarjeta personal. La noticia decía que el gobierno brasileño había decretado que la enseñanza del español sería obligatoria a partir de 2010; en la fotografía aparecía Antonio, bastante más joven, en una playa de arena blanquísima, un colega de su quinta y dos chicas de lo más bizcochables, todos semidesnudos. En la tarjeta Antonio le contaba que el de la foto era su amigo Marcos, oficial de la Marina brasileña, que vivía en Salvador de Bahía, donde por cierto había muy pocos profesores de español, y que ayudaría de mil amores a Jaime a establecerse en aquella localidad si este decidía liarse la manta a la cabeza y cruzar el charco.
Ahora o nunca Jaime, tu verás, pero este puede ser el último tren que pase por tu puerta y te aleje del fantasma de la depresión que llevas pegado a la chepa y que no te quitas ni con agua caliente.
Después de colgar el cartel de “se vende” en el balcón y de dejar un mensaje a su ex mujer para ponerle al corriente de la situación, llamó a Antonio para despedirse antes de ir al aeropuerto. El viejo lobo de mar le deseó suerte, le hizo prometer que le escribiría y, justo cuando iba a colgar, le preguntó: “ por cierto Jaime, y tu crees que yo, con la viagra esa…?”

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