Ellos no abandonaron su anhelo con desprecio como la frustrada zorra de la fábula de Esopo –“…¡No las quiero comer!, ¡No están maduras!”-, decidieron perseguir el sueño común. ¡Sí señor!, así se representa a la más joven D.O. nacional, así se la engrandece al mimar viñedos centenarios de una variedad autóctona, la Rufete, blanca y tinta además, una variedad no recogida oficialmente todavía por el Catálogo de Variedades Vegetales de España (trámite abierto desde hace años según los implicados, así vamos).

Ellos recogen esa fábula en la botella de La Zorra, uno de los vinos de su bodega, como un recordatorio contra la soberbia, en Mogarraz, en la sierra de Francia, ese pedazo del sur de Salamanca que inspiró a Unamuno algunas de sus más bellas páginas sobre el solar patrio en Andanzas y visiones españolas. Ya está todo dicho.

Ellos han hecho el camino inverso, de la hostelería rural -pero hostelería con sumiller oiga- a elaborar unos vinos originales, distintos, persistentes, con aromas tostados unas veces, herbáceos otras, sabrosos siempre. Alguno 100% Rufete –de nombre Raro.– otro que incorpora la variedad blanca – ocho vírgenes – Buena valoración de las guías más seguidas que los reconocen como muy a tener en cuenta.

Ellos son Olga Martín y Agustín Maillo y lo tienen todo para triunfar con estos vinos en ese trozo de paraíso. Por cierto, la zorra en cuestión debió desquitarse conmigo hace un par de años, porque sí, aunque parezca increíble, me mordió una zorra, y digo zorra porque según los expertos en alimañas de la comarca del suceso en cuestión, solo me hubiera mordido una zorra con su camada cerca y rebotada por no poder alcanzar un colmadísimo racimo de uva Rufete o similar. O sea, un probabilidad parecida a la de encontrar vida en las estrellas cercanas. Pero eso es otra historia.