
Cenando están los cabreros,
arrimados a las ascuas;
cenando están en silencio
so la bóveda estrellada.
Gruñe el mastín de repente
y como flecha se lanza
entre los secos jarales
y tras las peñas quebradas;
sus ojos parecen lumbre
y melenas erizadas,
la fiera boca previene
y sacuda las carlancas;
mas de pronto, se detiene,
las pupilas dilatadas
y el furor que le impedía
en frío terror se cambia;
quiere ladrar, y un aullido
de pavura se le escapa.
Ya tras él, un zagal llega,
volteando la cayada
y, como él, queda inmóvil,
tanto lo que ve le espanta.
Una visión transparente
ve que hacia él se adelanta:
es una mujer que llora
y le clava sus miradas,
que se acerca, que le toca
y, con voz acongojada,
dice al zagal temeroso:
«¡Tú tampoco sabes nada!»
Al zagal, desvanecido,
han alzado los pastores
y en el chozo, con el vino,
consiguen que se recobre…
…Tranquilas ya las conciencias,
un viejo pastor se pone
a repetir la leyenda,
que el zagal escucha inmóvil.
En El Hoyo de Pinares
vivía un tiempo un montero
con su esposa y con su hija
como un querubín del cielo…
…Después de una montería
del Rey don Carlos III,
volvió el montero a su casa
consumido en sus deseos
de acariciar a su niña
envolviéndola en sus besos.
Mas ¡ay!, que el hogar amante
estaba frío y desierto;
la niña había salido
al prado y no había vuelto,
y la madre, enloquecida,
temiendo un atroz misterio,
al ver llegada la noche,
saliose al campo, sin miedo,
dando gritos que desgarran
el corazón más perverso…
(La niña del montero, romance anónimo del siglo XVIII)
En Hoyo de Pinares (Ávila) no se ha entendido nunca la existencia sin vino. El agua sale en Hoyo entre roquedales y pinos piñoneros y el vino de las casas de los hoyancos. Hoyanko , el vino de Juan Luis Beltrán, es un homenaje a sus paisanos que compiten año tras año por el mejor pitarra, el vino alegre de la casa, del campo, de la vida, de todos.
Vino potente, de entrada licorosa, para desplegar a continuación toda la profundidad de una Garnacha que se ríe de ese sol andaluz que se gastan por aquí y juega con él al escondite entre el granito, la carrasca y el piñonero. Ávila cambia en Hoyo y se vuelve caliente, picante, golosa.
Probé el primer Hoyanko hace tres años. Ya prometía pero le faltaba afinarse (he guardado botella). El nuevo es ya un vino redondo para aquellos que quieren probar otra cosa, y volver y volver a probar su evolución al cabo del tiempo. Un vino con vocación de leyenda.

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