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Vino y gastronomía

Elogio de la sencillez

Hoy es uno de esos días en que apetece una sopa de ajo. Me subyugaron desde muy joven las sopas de ajo -también se dice en plural-. Creo que al general De Gaulle también, ya de viejo, cuando estuvo escribiendo parte de sus memorias en España. A los franceses les chifla el ajo. Me acuerdo de las que comía en el motel Hidalgo de Valdepeñas cuando viajaba con mis padres a Córdoba o a Granada a  algún evento familiar, o a Punta Umbría en verano. Sí, también me las jalaba en verano. Tampoco estaba nada mal la sopa castellana -su otra denominación- del Mesón del Estudiante en Alcalá de Henares ¿por qué me gustaban mucho más que las de casa?  La clave estaba en el pan. Tiene que ser un pan consistente. Madrid no tenía buen pan en mi adolescencia. Si no tienes un buen pan, si lo compras en el chino, hay que tostarlo o freírlo, si no se queda baboso -y esto para todas las sopas con pan, como la de cebolla-  ¡Qué alimento tan sencillo y reconfortante por favor! ¡es que entona hasta el alma!

Describo lo que no puede faltar en una buena sopa de ajo: por supuesto que debe llevar pimentón, la sopa de ajo es roja; huevo escalfado, es que si no es demasiado pobre; unos taquitos de jamón o picadillo le dan mucha gracia; y yo le pongo picante, o reparto el pimentón entre dulce y picante o si no tengo picante le sacudo tabasco directamente. Pero bueno, yo es que le sacudo tabasco a todas las sopas y purés, ya no puede faltarme.

La de ajo es la abanderada de las sopas caseras. En su humildad encontraréis su grandeza. Se puede comer un día a la semana -como el cocido o la paella-,  arregla el estómago  y predispone al vino y al chuletón. Bendita sea.

 

1 Comentario

  1. Ana

    Nunca me gustaron, pero leyendote me viene el saborcillo a la boca y hasta le saco la gracia; es que escribes que al leerte se te hace la boca agua…

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