El tamaño siempre importa. Todo es cuestión de vicio. El standard -0,75 litros- siempre da juego pero es fácil quedarse corto.  El tamaño Mágnum -1,5 litros-  siempre provoca caras de satisfacción -aquí hay merienda-. El Jéroboam -3 litros- ya implica que repartes a diestro y siniestro. El Matusalem -6 litros- empieza a ser difícil de manejar, requerirá mucha destreza pero el goce colectivo está asegurado. Para noches largas.  El Balthazar -12 litros- empieza a asustar un poco -a ver como y cuando nos metemos esto-.  El Salomón -18 litros- es sencillamente descomunal, solo oyes exclamaciones superlativas -¡joooder!-, además hace falta grúa. Las hay más grandes: Primat -27 litros- y Melchizedec – 30 litros pero ya se quedan como exposición de monstruosidades.

Que sí, que el tamaño importa. A más volumen mejor conservación ya que disminuye la proporción de oxígeno en relación a la cantidad de líquido, y esto favorece una evolución más lenta, estable y menos sensible a variaciones de temperatura. Esto implica que se perpetúen los aromas y sabores. La única dificultad creo haberla dejado clara: su manejo. Bueno, y que son pocas las bodegas magistrales que embotellen con tanta variedad de packaging.  Lo dicho, puro vicio.

Así que si en tus correrías tabernarias te sirven un vino en Mágnum ya sabes que el tema promete. Los  locales que conozco y que lo hacen están marcando tendencia. Que se contagie.