La forma ovoide de las tinajas lleva ya tiempo siendo objeto de especial atención por parte de algunos que se dedican al arte de crear un vino singular. Ahora sabemos cosas que los antiguos intuían de manera presciente. Sabemos que esta forma favorece un movimiento molecular continuo en su interior. Así, el bâtonnage o removido de las lías –levaduras muertas y restos sólidos de los racimos después de la fermentación–, necesario para dotar de más cuerpo y untuosidad al vino, se realiza de manera espontánea en estos recipientes. Hasta ahora el material más empleado era el hormigón, pero la auténtica vuelta de tuerca actual, el más difícil todavía en la viticultura biodinámica es la vuelta al Dolium romano, Dolia en plural, grandes vasijas de barro cocido de forma ovoide –como las ánforas pero a lo bestia– de hasta dos metros de altura que, recubiertos en su interior de brea o cera, se utilizaban para almacenar y transportar vino, aceite y otros alimentos. O sea, la tinaja de aquí. Respecto al vino, el barro es el material más antiguo para su elaboración. Algo tendrá cuando viticultores de la talla de Daniel Ramos –en Ávila– o Rafa Bernabé –en Alicante– lo bendicen. No es ya la búsqueda de procesos más naturales, ellos están por lo telúrico, porque como dice Rafa “los vinos de tinaja son la pura expresión no solo del suelo, del clima, sino también de sus gentes y poseen una energía feromónica difícil de explicar».
Ánforas romanas y fenicias como las que utiliza el bodeguero de Jerez Luis Pérez –autor del magnífico tinto Garum– para rematar la crianza de un vino de una manera muy especial: después de un tiempo en barricas de roble, el vino se sumerge en ánforas lacradas en el océano Atlántico a trece metros de profundidad en un lugar entre Conil y Sancti Petri. La temperatura constante, la falta de luz y la presión dan como resultado un caldo más fresco y afrutado, un envejecimiento más lento en definitiva. Es el vino del mar. Y puede que la idea surgiera al comprobar lo bien conservadas que estaban algunas botellas recuperadas de pecios hundidos ¿Os imagináis poder degustar una botella Magnum de champagne Louis Roederer Cristal del Titanic? ¿Y el vino de Judea de un ánfora recuperada de los años en que vivió Jesús de Nazaret? Serían, con mucho, los vinos más modernos del momento.


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