
Resulta que al cabo de un año de sufrir secuelas olfativas y gustativas del dichoso virus, no soy capaza de catar el vino, ¡¡EL VINO!! Sí , ya sé, me quejo del mejor vicio, y puedo contarlo. Pero, y ahí está la gracia del asunto, los licores de 40 «gretel» en adelante los pillo sin problema. Me saben y huelen como siempre. misterios y alegrías de la Biología. Bien, nos quedan placeres al alcance.
Johnny «red» ha sido mucho tiempo mi whisky de batalla, el de beber a destajo, biensentante, o sea que sienta bien coño (vaya palabro que me acabo de inventar eh! colegas), conocido, nunca defrauda, con más agua los sucesivos tragos, lo que se llama beber a la canaria, que hay que hidratarse. Y de repente, en un evento regocijante, de esos con amigos requeteíntimos, a la hora del café descubro Dyc ocho, «dycocho» a partir de ya para los elegidos. Bendita agua del Eresma. Creo, sin ninguna duda, que Lord Winston Churchill lo hubiera integrado en sus largas jornadas de debate interior. Qué fragancia, qué bien hecho está, claro, Dyc, no han nacido ayer.
Un delicado toque dulce al final, suave en el paso de boca con la intensidad justa, ligero ahumado. Perfecto para conversar, escribir, pensar, quitarse el frío, paso previo a la dulce seducción, y tantas y tantas cosas, resumen: un compañero.
Una sugerencia para terminar. El ponche segoviano, ese postre eterno, bizcochable, tan ofrecido en esa esquina de mi amada Castilla, debería ser regado con una dosis generosa de «dycocho» (Ni caso, puro vicio).

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