Luna llena, arropados por el pinar. El amigo del amigo que se prepara a conciencia y suelta un grito espeluznante. El propósito, tan absurdo como regocijante para ellos en ese momento, a esa edad: dejar helado a un nutrido grupo familiar que se solaza en el jardín de esa colonia de veraneantes, y en el que han reconocido algunas voces femeninas muy sensibles a las historias de terror. Conseguido. El sonoro borbotón de risas cesa en el acto como si hubieran parado el mundo. Desde la distancia prudencial de la casa a la que se encontraban no veía, pero podía imaginar cómo palidecía aquel rostro que le hacía suspirar. Menudo fichaje ¡qué potencia gutural!
El eco de un tren que corta el silencio y les permite moverse deprisa sin levantar sospechas para volver a sumergirse en otras maldades, más calenturientas quizás. No les hubiera extrañado que los habitantes de aquel lugar llamaran a la Guardia Civil acto seguido. Comentarios asegurados para el atracón de pipas en la terraza de Martigón al día siguiente…todo vale para superar el claustrofóbico invierno, de casa al cole y del cole a casa, tan celosa su madre siempre de su prole, solo compañeros que no amigos, los amigos aquí, en Las Navas…
Deja de escribir y se levanta alterado, el recuerdo era muy vívido pero no estaba seguro de querer empezar por ahí. Decidió atrincherarse en el chalet familiar con la esperanza de escribir algo trascendente, a lo peor una enseñanza, o un aviso para navegantes. Pero remontarse a los años 70 del siglo pasado no parecía ni necesario ni efectivo. Necesitaba ir más al grano.
Ahora fumaba el último de la cajetilla en la estación, ya bien entrada la noche, con la cantina cerrada, y la temperatura cayendo a plomo a esos refrescantes 1.200 m. sobre el nivel del mar que marca la vieja chapa encastrada en la pared. Era un momento íntimo, pero no de paz, en su ánimo estaba que resultara inspirador.
Un expreso pasó sin detenerse y su mente recordó al instante un ejercicio gozoso que solía realizar desde que tenía uso de razón: escudriñar durante un instante el interior de las cabinas iluminadas de los coches-cama, una sucesión rápida de escenas congeladas que le provocaron, al igual que medio siglo antes, una lacónica ensoñación, y ahora, además, una amarga sonrisa. Respiró hondo varias veces y el aire le pareció pesado, como cargado de una zozobra capaz de bloquear cualquier ramalazo creativo.
Otro tren estaba aproximándose. Perdía velocidad muy lentamente, como si navegara a vela y hubiera entrado en una zona de calma total. Era un cercanías pero no precisamente de la última hornada, más bien parecía salido de tres décadas atrás, lleno de abolladuras y desconchones oxidados. Un leve crujido y se para finalmente. Todas las puertas se abren. Una de ellas queda milimétricamente frente a él. Estaba completamente vacío. No era extraño dada la hora, “sí señor, éste es el más rentable de todas las líneas que atraviesan el país” –piensa con acritud-…y además no parecía tener prisa en irse. Ningún movimiento. Sólo un silencio espeso que parecía disminuir la intensidad lumínica de los focos del andén. Nota que empieza a transpirar copiosamente, pero con el sudor frío de la ansiedad, igual que cuando despistaba un documento importante y los nervios le impedían una búsqueda ordenada. Su mirada queda atrapada en el interior del vagón. De súbito un pensamiento inducido: “¿una señal?…indescifrable”. Había ido allí buscando soledad pero ahora la soledad le inquietaba y le tentaba al mismo tiempo a subir a ese tren que acabaría en algún momento por arrancar y desaparecer en la oscuridad. Fue un impulso potente pero efímero. No esperó más y se levantó con intención de volver a casa. Sólo cuando lo perdió de vista le pareció escuchar que iniciaba su lenta e inexorable marcha.
La ingesta de alcohol parecía a priori suficiente para olvidar los somníferos por esa noche. Había escuchado de su padre aquella tarde, justo antes de que sus íntimos le recogieran para ir a la verbena del club, la frase que había temido oír desde que saliera del hospital un mes antes: “…y en septiembre, a estudiar”. Su cerebro consiguió apartarla después de un par de tragos, pero ahora, nuevamente en casa y escuchando los ronquidos de su progenitor al fondo del pasillo, un asomo de rabia incendió cualquier intento de abandono a un sueño sin sueños. No creía estar preparado todavía para la réplica. Pensó que eso no era ahora lo importante. Había vuelto a nacer, había que llenar de placer de vivir el hueco de ese brazo amputado.
Los idus eran propicios, llevaba tiempo sin coger Las Navas con esas ganas. Y todo parecía renovado: la música había cambiado, el descaro femenino era más evidente, los amigos más procaces; todo se aliaba para aplazar el conflicto, hasta el dinero conseguido del seguro por el accidente. Pero en su fuero interno percibía que más pronto que tarde la decisión habría de ser solo suya, y que diferir ese momento era una evidencia de inmadurez tan aplastante como el olor de su orina en ese momento lo era de la digestión de los espárragos…
Sigue buceando en los recuerdos, sigue tomándoselo por lo personal, pero ya no son gamberradas sin sentido lo que teclea, la cosa tiene más molla. Y duele. Piensa que corre el riesgo de empezar a flagelarse nuevamente, y no ha venido aquí para eso, eso lo ha dejado en Madrid. “vale, la vida es arrepentimiento, pero también misión”
Tiempo muerto. Piensa en el tren fantasma que vio anoche y deduce que iba camino del desguace. “menos mal que no lo cogí” -piensa en voz alta-… pero “¿por qué abrió las puertas? ¿Qué invitación era aquella?.. joder, ya estoy esquizoide”.
2,02 A.M. de nuevo en el andén, más solo que la una, un viento del norte que no invita a una espera incierta en un banco metálico y en una de las estaciones de ferrocarril más altas de la península. Sin pensárselo dos veces lo invoca, y sonríe por esa actitud que se le antoja tan infantil. Siempre ha sentido cierta atracción por lo paranormal desde que su padre le contó que un día, al volver a casa de noche después de acompañar a su entonces novia hasta su portal, y hallándose especialmente eufórico, tomó impulso para saltar un charco, y se quedó estupefacto por una longitud alcanzada que se le antojó de récord. Su padre lo contaba con prevención, temiendo que pudiera sonar a chanza, pero él conocía bien a su padre y sabía que hablaba en serio.
De improviso el viento cesa, bruscamente, como si hubieran cerrado la puerta…y escucha esa cadencia que se alarga y que le es tan familiar de un convoy aproximándose. Se fija en la cabina del conductor pero el faro de largo alcance que está encima de la misma le ciega y no consigue ver nada dentro. Parece el mismo cercanías antiguo de ayer. No ve ningún pasajero. Al fin para. Hay otra vez una puerta abierta frente a él ofreciendo un marco de simetría perfecta a su figura. Empieza a ponerse nervioso porque se ha sentado aposta en otro banco distinto al de ayer, está buscando tres pies al gato. Piensa en acercarse a la cabina del maquinista, se levanta y cuando empieza a dirigirse a la cabecera del tren le parece notar un movimiento en el interior del vagón que está frente a él, algo así como un pañuelo blanco levantado por una corriente de aire, “¿cómo?, ¿maniobra de distracción?”. Se queda petrificado y lo observa unos segundos a derecha e izquierda en toda su extensión, ningún movimiento ahora, “¡viene del pasado!” -trona una voz en su interior-. Vuelve a sentarse, se siente agotado, incapaz nuevamente de descifrar esa señal. Cierra los ojos y baja la cabeza, se concentra en escuchar, pero sólo se escucha a sí mismo. Se recrea en el miedo, como cuando en otra época iba de noche a la ermita con amigos a grabar psicofonías. Desea que ese tren le abduzca, que rompa de una vez por todas sus anclajes, que le aleje de tanta elucubración sin moraleja, que le haga desaparecer. Va instalándose en un duermevela hipnótico, ajeno ya al entorno. Cualquier observador diría que compone un cuadro perfecto de profunda contrición.
Ha perdido la noción del tiempo, abre los ojos, el tren ya no está y hace frío, vuelve a casa con el andar atribulado de un adolescente al que acaban de dar calabazas. “Necesito un pelotazo”.
Ahora consulta el horario de trenes en Internet. Ni rastro de esa unidad. Duda en preguntar a sus vecinos, quiere que siga siendo por el momento un suceso personal, lo que le provoca la desagradable sensación de estar echando un pulso a lo desconocido.
De nuevo la pantalla en blanco, de nuevo se pone a rebuscar entre recuerdos. Es consciente que vivir del pasado es siempre un perverso círculo vicioso, más si se tiene tendencia a recordar sobre todo lo malo: es entonces cuando aparece la obsesión. Le duele el muñón, “va a cambiar el tiempo” – se dice- , pero algo se remueve de pronto en su interior: en realidad es el brazo que perdió lo que le duele, es el síndrome del miembro fantasma. Estaba estudiado, el cerebro continúa señalando ese vacío. Él lo siente de manera permanente y llevaba ya más de media vida conviviendo con esa extraña sensación. “Ya no está pero lo siento…tengo que tocar ese tren”.
Pensó que ese era el espacio perfecto para ejercer la prospectiva. Necesitaba concentración para satisfacer el hambre de poder de la pandilla de sociópatas que le habían contratado para realizar un estudio sobre la evolución social planetaria a medio y largo plazo. Habían establecido una competencia perversa entre un buen número de expertos, entre los que se encontraba él, para intentar cubrir todas las posibilidades. Querían descubrir al Julio Verne del siglo XXI, ese fue al menos el argumento empleado, sin duda sabían muy bien como estimular el orgullo profesional ahorrándose costes. Además estaba su situación personal, de todo menos confortadora: su empresa de consultoría en inteligencia empresarial estaba boqueando desde hacía año y medio. De hecho había considerado una propuesta de un conocido para vender por una buena suma uno de sus estupendos riñones en un cada vez más floreciente mercado negro de órganos, y a la vista de la negativa de su banco a ofrecerle más “colchón”. Además su matrimonio se había roto ya irremisiblemente, lo que implicaba tener que encontrar un aposento lo más confortable posible, y predisponerse a una larga, y tal vez definitiva, temporada de soledad.
Vio el anuncio por casualidad, en la sección de ofertas de empleo de uno de esos anodinos periódicos gratuitos que la gente abandona asiduamente en cualquier sitio. Necesitaban un guardés en una finca a 70 Km de la capital. La paga era escasa pero incluía el alojamiento y el equipo informático que necesitaba cabía de sobra en la maleta. Pero lo que más le atrajo es que conocía la localidad y el enclave concreto del lugar, entre el pueblo y la estación de ferrocarril del mismo nombre.
La finca en cuestión era una de esas colonias de veraneo que habían proliferado en esa zona de la sierra a mediados del siglo pasado, similar a otra en la que había pasado las vacaciones con sus padres y hermanos en sus años mozos, y que después de una fallida reconversión en granja-escuela sus actuales propietarios habían decidido dejar en barbecho a la espera de tiempos mejores. Sin duda su aislamiento en medio del bosque había pesado en esa decisión. Así pues, se trataba de tener bien surtida la despensa para evitar infructuosos paseos hasta el municipio más cercano en caso de nevada, aunque los paisanos de más edad, auténtica memoria viva del cambio climático, le aseguraron que ya no nevaba como antaño.
Después de dos días dedicados a instalación y reconocimiento del terreno comenzó con su tarea. De día, entre los trabajos de prospección en la red y algunos cortos paseos por los alrededores, la soledad resultaba de momento llevadera. Pero de noche, entre los numerosos crujidos de las viejas maderas de la casa y los ruidos del bosque el ambiente era algo perturbador. Sin embargo había un sonido que le tranquilizaba sobremanera ayudándole a conciliar el sueño: el lánguido traquetear de un tren perdiendo velocidad al aproximarse a la estación, que distaba apenas tres kilómetros de la colonia.
No le gustan las primeras conclusiones de su estudio. El futuro pinta oscuro. Pero no quiere quedar como agorero ante quién suelta la pasta. Se conecta a otros colegas para contrastar las primeras conclusiones. El desasosiego es general. Hay que ir más allá y aportar ideas, abrir nuevas apuestas, aunque en este momento esa tarea le parece ciencia ficción. Además no conoce las verdaderas intenciones de sus jefes.
Se ha traído sus ansiolíticos por si acaso y este es uno de esos momentos…está apunto de quedarse dormido, oye el paso cansino de un tren y piensa en irse lejos, muy lejos, donde no le alcance el tsunami…
Una mueca de satisfacción se dibuja ahora en su rostro por lo que ese incipiente texto significa de progreso. Aquí había escritura creativa, también mucha vivencia personal, incluso reciente, y había una trama actual aunque no sabe todavía como va a salir de esta. Y además está el tren, su tren.
Mira la hora a menudo, como quien no quiere llegar tarde a una cita importante. Recorre deprisa el trayecto que le separa de la estación. No quiere pensar en nada. Ha tomado una decisión. Quiere vivir en primera persona aquello que va a obligar a hacer al protagonista de su relato. Va a realizar un viaje nocturno poniéndose en manos del destino y va a hacerlo ya, sin más demora, también sin equipaje, ha llegado a este punto con una mochila demasiado cargada que amenaza con romperle el espinazo.
Tiene los ojos cerrados cuando el tren se detiene, escucha el resoplido del sistema de apertura de puertas y, sin pensárselo, se lanza a subir al vagón. La puerta está justo enfrente, alarga su mano y se agarra al asidero al mismo tiempo que pone su pie en el escalón de la plataforma y se queda quieto, extrañado quizás de su estado sólido, de no haber sido engañado por sus sentidos. De repente oye una voz a su espalda: “bueno, ¿va a subir o qué?” gira la cabeza y ve al jefe de estación con su gorra y su silbato en la mano. Se queda momentáneamente noqueado… tiene la tentación de tocarle para ver si es real pero se impulsa y sube al convoy alegrándose de ese empujoncito final.
El jefe da la señal, las puertas se cierran y el tren inicia su marcha. No hay pasajeros en el vagón. Mira al exterior, ve la antigua cantina en el extremo de la estación, la misma coqueta cantina que fue derribada hace ya varios años para construir un exiguo y absurdo parking. Le falta el aire, se abalanza sobre una de las ventanas y la abre, saca un poco la cabeza para notar la brisa fresca ahora que el tren gana velocidad, y cree oír a lo lejos en el bosque un grito desgarrador amortiguado por el chirrido del metal contra el metal. Se deja caer confundido y al cabo de unos segundos se da cuenta del sutil cambio que se ha producido en su ser: ya no siente ese hormigueo permanente de su miembro fantasma, parece haber desaparecido por el momento.
En realidad ya no debería preocuparse, los fantasmas no eran de este mundo, pertenecían exclusivamente al que acababa de abandonar.

Deja un comentario