26 de Enero del año de nuestro Señor de 1434.

El séquito del Condestable de Castilla alarmó al fraile que  podaba el viñedo de Santa María. Echó a correr hacia el convento no sin antes vislumbrar la imponente figura de Don Álvaro de Luna a caballo. Parecía que se confirmaban los rumores. El abad necesitaba el dinero… y el control de las revueltas campesinas por un poderoso hombre de armas.

Baja a la cueva con dos jarras en cada mano. Va directo a la tinaja que había marcado, la del vino de la parcela más alta, la de Marañones. Era el más claro con ese color rubí limpio y brillante, el más seductor por esos aromas de flores y jara,  el más refrescante por su especial acidez, el que más le recordaba al vino de su Borgoña natal.

Don Álvaro entra en la sala capitular y se abre paso entre las filas de monjes que, como balizas,  le marcan el camino hacia la mesa donde espera el abad. El fraile llena la copa y, sin levantar la mirada, como quien hace una ofrenda, la empuja al otro extremo de la gran tabla. Don Álvaro agarra presto la copa, hace un leve gesto de saludo al abad con  la cabeza y sin decir palabra bebe un buen trago. Un pequeño gruñido de aprobación y pide más vino…

La transacción es rápida. El Condestable no regatea, 30.000 maravedíes por el Señorío de San Martín. El fraile escancia más vino en la copa  y alcanza a ver lo que ha escrito debajo de su sello: «Y que no faltare nunca el vino del convento ni en mi casa ni en la mesa del Rey Juan.»

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