«¿Rioja o Ribera?» es la pregunta habitual en las tascas castellanas (de Castilla la Vieja) cuando pedimos un vino. Mi amigo Javier al que veo a menudo por Navalperal ha decidido, a la hora del chateo, romper con esa costumbre y contesta: «pues ni Rioja ni Ribera, ¿tiene otra cosa, algo de por aquí?» Secundo la moción. En un país donde se hace vino de calidad en multitud de comarcas limitarse a los riojas o riberas incluseros que suelen poblar las barras de nuestros pueblos es hacer un flaco favor a la hostelería hispana. La educación en esto del vino es bilateral, tanto del que ofrece como del que pide. El vino ha sido descuidado pero parece que la cosa empieza a cambiar. Hay más curiosidad en el consumidor de cierta edad y eso es clave para promover lo que sin ninguna duda es parte de la riqueza nacional.
También en las mesas de Navidad solemos decantarnos por un Rioja o un Ribera de prestigio. Romper la tradición resulta sano de vez en cuando. Me decanté por un vino de Calatayud que ya conocía, Honore Vera, un vino de Garnacha con dos meses de crianza en roble francés. Un vino potente, con mucha capa, frutal, la salsa perfecta para regar una pularda trufada -aunque un buen cava tampoco quedaría mal-
Hay mucho vino bueno y a buen precio repartido por la piel de toro. Acostumbrémonos a preguntar. El aprendizaje está asegurado. La pasión nos llegará por añadidura.

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