Que así se llama esta bodega familiar de Barbastro (Huesca), curioso nombre. A veces me parece que hace falta estar un poco grillado – a no ser que sea capricho de billonario- para abrir una bodega en la coyuntura actual. Pero seguro que en este caso tiene mucho que ver el punto vocacional/pasional. Ellos dicen que suelen ser los últimos en vendimiar, que tienen mucha paciencia. Desde luego se necesita paciencia para un proyecto de este calibre.
El caso es que he probado 12 lunas, uno de los tintos de esta casa y me parece que la aventura que esta familia inició en 2007 ha merecido la pena. El vino está enorme, uno de esos casos en los que el recuerdo perdura y es un recuerdo romántico. Tiene cuatro variedades aunque predomina la Cabernet Sauvignon; también Syrah, Garnacha y Tempranillo. Es potente en nariz y suave en boca. Y tiene unos tostados finísimos que le dotan de una estructura soberbia.
El sector vino parece que atrae vocaciones, más bien las crea. Es el amor por el terruño. Algo que vuelve. Si es de esta manera que no se vaya jamás.

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