Huele a vinaza según sople el viento en estos días de finales de Septiembre. El mosto está fermentando ya en muchas bodegas y el residuo de ese proceso se deja notar a ratos. Hay mucho vino por aquí. Y mucha belleza. Una mirada al Duero silente desde el mirador de la colegiata, las ciudades con un gran río se sienten importantes. Campos segados hasta el horizonte. Plaza mayor porticada – ¿por qué ya no se hacen así?-
Toro acoge una nueva edición de Las edades del hombre. Como siempre magnífico montaje en un entorno excepcional: la colegiata -románico bizantino-, a la que no podemos dejar de mirar. El pórtico policromado de La Majestad se integra en la exposición como anillo al dedo. Mosaicos romanos y tallas medievales se mezclan con obras de Antonio López y Eduardo Palacios – autor del cartel de la exposición-, todo un acierto.
El verano se prolonga en Toro, apetece pasear en el ocaso. Caemos al final en La esquina de Colás, en los soportales de la plaza, todo bullicio en sus terrazas. Estupendo picoteo, servicio presto a recomendar vinos de tinta de Toro, a cada cual mejor. Voy catando mientras acompaño sardinas marinadas, presa ibérica y alguna cosa más.
La sorpresa llega con el nuevo día. Cerca de Toro, Urueña, la villa del libro. Una muralla cobija este pueblo recuperado con gusto asentado en un altozano. Ha tenido una mano blanca: museo del cuento, del gramófono, y libros, muchos libros, oferta total. Sala de exposiciones DiLab, de Miryam Anllo, una diseñadora que ha creado un espacio lleno de luz y arte. Y El portalón, un lugar para comer unas migas ilustradas con pimientos y darle a ese clarete fresquito que entra tan bien, mientras admiramos desde su terraza incrustada en la muralla ese mar dorado lleno de matices ocres, una mancha de viñedo por aquí, una loma con cipreses por allá…Castilla en su esencia.




Ana
qué paz rezuman tus letras, se nota que los campos de Castlla te sosiegan