«Durante todo el verano, los escultores de nubes llegaban desde Vermilion Sands y volaban sus planeadores pintados sobre las torres de coral que se alzaban, como pagodas blancas, junto a la carretera de Lagoon West…». Así empieza uno de los cuentos de James Graham Ballard (1930-2009) incluidos en la recopilación que ha editado RBA. No es un escritor típico de ciencia ficción, aunque se le considere uno de los padres de este género en Inglaterra. Para el autor de El imperio del sol, llevada al cine por Spielberg -y que tiene mucho de autobiográfica-, el planeta más extraño es la Tierra y todo aquello que la especie humana provoca en ese ecosistema lo traduce en psicodrama. Yo no lo clasificaría de autor de ciencia ficción, aunque recree a menudo mundos distópicos. Es el Dalí de la literatura del siglo XX, alguien a quien por cierto Ballard admiraba profundamente. De hecho él mismo cuenta que quedó impactado con el pintor de Cadaqués cuando este acudió a Londres a una exposición sobre surrealismo disfrazado de buzo -casi se ahoga porque no podía respirar con su escafandra, pero los presentes tomaban sus aspavientos como parte del espectáculo- y justificó así su disfraz: «soy un buceador del subconsciente».
Para Ballard el futuro ya esta aquí, y es inquietante. Nadie como él refleja esos mundos interiores, mitad pesadilla, mitad paraíso privado, que nos obsesionan. Su obra es una constante exploración de las graves distorsiones que la tecnología puede provocar en la percepción de la realidad. Como en Crash -también llevada al cine por Cronenberg- donde máquina y sexo se unen en imágenes perturbadoras.
Ballard domina el cuento como Borges y Bioy Casares. Fusiona un prosa barroca y bellísima cargada de ironía con el análisis de nuestros miedos, nuestras ansiedades, porque para él el espacio más insondable no es el cosmos, es la mente. Y nos deja siempre ese poso desasosegador, la salsa del relato corto. Recomendable vaya.

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