Así pregonaba el Tío Frutas en mi niñez los racimos de uva que llenaban las alforjas de su asno al llegar a la colonia de la estación de Las Navas desde Hoyo de Pinares, tan cerca y tan distinto, uno ganadero y frío, el otro cálido y agrícola, Ávila está llena de contrastes. Racimos de Albillo que mordíamos con fruición de inmediato llenándonos la boca de pequeñas canicas doradas, dulces como la miel. Con el Albillo se hacía también el famoso vino de “pitarra” en el Hoyo. Cada casa, cada bar se pisaba el suyo. Vino de altísima graduación, cabezón, duro, de color caramelo.
Ahora se empieza a elaborar con más cuidado, atendiendo a la fermentación a temperatura controlada, con crianza en madera. Sigue siendo un vino muy alcohólico pero ha cambiado. He probado tres hasta la fecha: el Albillo real de Las Moradas de San Martín de Valdeiglesias, el Precioso de Daniel Ramos y el Soplón de la bodega Fuentegalana de Navahondilla. El Albillo es ahora dulce en nariz, con recuerdos de fruta blanca en boca, baja acidez y un toque salino que recuerda a los finos de jerez y manzanilla de Sanlúcar. Creo que, como éstos, es una magnífico vino de aperitivo, o para beber comiendo un buen jamón o un bacalao rebozado. Más sutil y refrescante el de las moradas, más pálido de color. Más marcado en aromas y salino el de Daniel, con reflejos dorados. En un punto intermedio el Soplón, que además está criado 6 meses en barricas de castaño – se recuperan las antiguas formas de hacer pero con el cuidado que marca la enología del futuro- . En el buen camino.

Fernando Rodrigo Morón
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